miércoles, 1 de septiembre de 2010

charla del 36 de febrero de 1974, escuchando a roberto carlos y mirando sin leer la revista Pelo.

No. Mis manos no son de nada, no se nota, tiemblan en la mañana helada y se ponen rojas y se hinchan. Mis manos. No.
No sabés de primaveras, no sabés de nada. Me gustaría llamarme Ana y no Florencia. Entonces te llamás como quieras. Me gustaría llamarme Ana y ser la dueña del invierno, y nunca morirme, ser la dueña del invierno y que nunca me duela, que nadie hiera mi corteza.
Vos no sabés nada de mujeres, yo soy la dueña del invierno y si quiero te congelo. Te veo bien de cerca y me río. Y me llamo como quiero, y si quiero te cojo y no me importa, y no siento nada o me muero, si quiero.
Quiero que seas un poema, quiero que me pintes y me admires, te hago miradas, me hago la sexy, y si quiero soy sexy en serio, yo pinto mejor que vos. Me la doy de inocente.

Yo caigo y soy de madera, de humo, estoy en todo el cuarto, y si quiero soy vos, nada me duele, y tengo el corazón hueco y si quiero te hago un pozo en el cerebro. Puedo lastimarte, tengo la lengua más filosa de todas, sé tus debilidades, sé tu verdadero nombre y que no sos dueña de nada, que le tenés miedo a la oscuridad y que sola no sos nada, no podés caminar sola en la calle y te da miedo todo. Yo soy enorme, conozco la risa, conozco el verdaero llanto y mi sangre es mentolada, vos serás la dueña del invierno, pero yo soy todo lo que te importa, y eso me hace dios. Si quiero te destruyo, con tres palabras, mirá, tres palabras.

A tus tres palabras me las paso por el orto, mirá, por el orto.

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