me voy a morir.
Entonces todos se levantaron y la noche se puso como en stand by y el reloj de las 3:47 no pasó.
-llamalos a todos, llamá a Lucía, a Darío, que me muero.
Y nadie le hacía caso, ella estaba parada en el medio del comedor, sosteniéndose de una silla. Vio cómo las caras no la reconocían, y pensó en gritar para poner bien en claro su estado de extrema urgencia, pero la voz le era de cristal y las piernas le temblaban, el miedo se le escapaba y derretía hasta por las uñas y ver bien ya no podía.
Para verificar si hablaba en serio, Grace se acercó y le besó la frente,
-no tengo fiebre, pelotuda, es algo peor, me muero y de a poquito, se me está escapando lejos- dijo con sinceridad Muriel, que vestía un camisón largo y blanco típico de las señoras de su edad. Algo la enmudecía, no podía expresar eso que entendía perfectamente y que le pasaba tan bien frente a sus ojos, los pies descalzos estaban violetas como sus labios en el frío. Las tres personas en la habitación. Ana habló desde el temor que le quebraba la garganta y se escuchó como viento entre los árboles –llamá a la ambulancia.-
-No, a la ambulancia no, no es necesario, me muero, y quiero que llames a Lucy y a Darío. A tu papá también. A todos.- Entonces Ana miró a su amiga con la mirada del miedo y está no se la devolvió, no sabía que decirle.
Llegó Lucy y la abrazó. Contános de cuando eras chica, le dijo, sosteniéndole la cara como quien sostiene algo realmente valioso, como de cristal. Entonces, mientras alguien que llegó le acomodaba la silla para que se siente, se escuchó de afuera como la madrugada recibió a los pájaros, y hubo una desagradable melodía, pero todos la ignoraron.
Antes, cuando yo no era gorda, los jóvenes valorábamos las rondas. Valorábamos. Y jugábamos al pato. No. Se esfumaba, su esencia, sus ojos miraban un punto ciego y abordaban la nada, ya sin pensar, solo desparramando palabras al azar, con la cabeza ida y ya con los pájaros volando.
Todos la miraban con los ojos enternecidos, ella brillaba desapareciendo y muriendo la expresión de sus ojos, hasta desmarronarse. Un atardecer yacía dentro de la pequeña casa, las caras llenas de cariño y de tristeza fumaban y rechazaban mates. Se la va a extrañar, vieja. No se olvide que la queremos. ¿Se acuerda cuando usted pensó que me perdí, pero solo era que me había caído de la cama y escondido debajo de ella? Sí, mi muñeca mi muñeca alzada mi nene lindo, mi nene lindo eras. ¿Se acuerda cuando me metí en esa casa abandonada y me cagó a palos, no me dejó salir a jugar por una semana? Si, en las escaleras, las escaleras, hamacas y yo vos mi nena linda, la más linda con rulitos.
Nadie se sorprendió cuando en la habitación olía a flores. Primero a tierra y flores, y después a frutas. Y la piel le olía a mandarina, y en el pecho se le transparentaban los recuerdos. Hamacas, la casa en Castelar, algún que otro amor, un beso bajo la lluvia. Es lindo conocer bien a mamá antes de que muera, dijo uno. Los gatos la besaban. Mire, abuela, ya es de día, dijo Darío. No, está ciega, dijo otro. Los ojos en blanco.
Ya cuando era una silueta, las lágrimas eran como de ácidos cítricos, y manchaban la transparencia negra de naranja, la silla se veía tras sus piernas. Se escuchaba su voz, el regalo más hermoso que le depositó a cada uno en el recuerdo, desde el útero, dentro de un caparazón. Caían humedades de los rostros, se abrazaban esforzándose por resguardar cada momento, cada incoherencia destilada de su mente quebrada, que fue lo primero en morir, la cálida armonía de su respiración.
Cuando nada se oyó, todos quedaron en silencio, y se notaba fuertemente cómo todas las gotas del universo (las flores y el jugo de limón) ardían en los ojos testigos.
Y al otro día ninguno fue a laburar, y todos se pusieron a hacer trámites.
viernes, 4 de junio de 2010
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