Vi que de tu mano vertía un árbol una fotografía tuya dada vuelta,
con sabor a lágrimas en tu argolla destilaba un susurro vertiginoso en el silencio.
Y no podía ver nada, tu sinceridad y mi grandilocuencia ficticia se encontraron de la mano entre el viento de navajas y la mañana. Vomitando desde tus ojos chiquititos. Cuando realmente despierte, podría sentir lo rugoso del tiempo y de mi estupidez, ver como nos arrastran los acontecimientos. Con tu nombre tatuado en el presente. Con tus sueños en el calor de la noche. Con tu cara al consumirnos en la nada. Con los nombres vacíos de tu nombre. Te beso ignorando el futuro, despreciando la violencia, las discusiones, los días. Todo puede crecer en las manos y tu poesía, entendiendo las canciones, entendiendo mis poemas, riendo de mis canciones.
Ana es una preciosura greco-correntina diminuta, una persona que te calla para terminar de escuchar Fermín, para ver en la oscuridad de la habitación noche lo que tiene dentro y para cantar disonante las letras del flaco.
Y de tu mirada un suspiro de infinita tristeza, desde bien adentro, desde tu infancia:
La recuerdo cuando el grito de mi angustia vuelve para encontrarme ciego, te veo y entiendo el pozo ciego que llevás en tu cuerpo seda, verde en tus manos, ríos de pan.
Metáfora del aire, inquietud de la noche.
Tu boca es el deseo que ignora el deseo de tu boca, la mentira jamás roída, un clavo en el pecho y mi oxido.
(…)
martes, 4 de mayo de 2010
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Deja de amarme tanto,
ResponderSuprimirme agrada que me vomites todas las tardes en mi iris.