domingo, 21 de marzo de 2010

mate y acordeón

No sé por qué vi al abuelo de Mati. No sé cómo no grité del espanto o cómo no le presté atención a la melodía de su acordeón. Desafortunadamente, cuando Alí me habló, todos callaron y mis ojos dejaron de estar fríos, y su imagen se perdió y yo no pude articular palabra, no pude describir parálisis. Entonces callé hasta que se terminaron las birras y Iorio dejó de cantar, hasta irme a mi casa y fundirme de nuevo en la cotidianeidad de la nada, del absoluto silencio y de las canciones aburridas.
Matías siempre habló de su abuelo como describiendo a superman, habló de las mañanas frías en las que, entre la escarcha, el tipo conducía su bicicleta hasta el taller, o cómo le sonreía a todos los palos de la vida y así los superaba. Desde su admiración, desde pequeño, desde su inseguridad, contaba Matías. El día que el viejo se cagó muriendo, el estaba con la cara ensombrecida. Fue la única vez que lo vi llorar, sin contar el recital de Metallica, porque las lágrimas de felicidad no cuentan, se olvidan.
Tocaba el acordeón, yo solo lo miraba, y cuando Mati me contó que al viejo el mate se le cayó de la mano, me la vi venir. Y después no pudo tocar más, sus manos temblaban, y en las fiestas familiares empezó a sonar reguetón, o Altos Cumbieros, cosa que lo entristeció. Se murió El Tano, el perro de la familia, tiempo después. Y al pero lo enterró el viejo, uno de sus últimos esfuerzos.
Con melancolía, Mati lo recordaba en pedo, y yo podía, todavía, tararear la triste canción que él respiraba vidrioso desde su acordeón. Yo no creo en los fantasmas, ni en los milagros, pero esa noche moribunda lo volví a ver fluir sus manos como antes, y sonreír como cuando Gallardo tiraba un sombrero o metía un gol.

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