jueves 12 de noviembre de 2009

florenciaste ayer.

Me empezaba a poner nervioso. Me dijo que se dejó de drogar y que ahora sí comía carne, que comía frutas todo el tiempo y que empezó a escribir poesías hermosas, que no escuchabas más voces, nada le gritaba al oído. “Tantas locuras mías que supiste soportar…”y reímos juntos, “siempre con tanta paciencia vos, y eras tan chiquito”. Me presentó a su novio como “un buen amigo” y le preguntó el nombre a Ana, que respondió simpática y se dieron un beso que no pareció incómodo.
Nos despedimos, y Ana me empezó a interrogar sobre ella y yo no tenía más ganas de recordarla. Extrañaba su voz floreada, su grito afrutillado.
Y la respiración me quemaba la garganta. Entendí, mirando a Ana (ahora que me doy cuenta, camino de su mano), que desde que no la vi más separé al mundo en dos enormes grupos: las personas que sí son Florencia y las personas que no son Florencia. Así caminaba de su mano y miraba los rostros de las personas recordando quienes no eran, y qué no me iban a decir o hacer. Y de mi mano estaba Ana (que tampoco era) y me sonreía hermosa, y me contaba sobre un exnovio (que no era) que se reía muy feo y que tenía el ombligo muy a la izquierda, o eso le parecía.
Siempre despierto y estoy en alguna plaza o en alguna habitación riendo o hablando con alguien de no sé qué. Pero despierto y tengo que manejarme con la poca información que tengo (porque no sé ni qué digo, no me escucho) y tratar de correr a mi casa, a mi soledad. Encerrarme y pintar. Y es gracioso, porque despierto sobre Ana (que no es Florencia) y me quiero escapar, cuando lo logro la extraño y la pinto. Le escribo pequeños textos o la comparo con quien sí es. Siempre ando comparando.
Debería pensar solo en Ana, pero también tengo que respirar y recordar que todavía soy un adolescente, ahora camino de su mano y nos cruzamos a las personas, a muchas minas. A alguna le miro los labios, a otra los senos, a otra los ojos y los comparo, los describo. Y ella también, pero igual nos mentimos y nos hacemos los boludos, qué nos importa…
Y le hablo, (-Se murió al final, el pájaro que trajo el gato. Le pegué con el suplemento deportivo un par de veces largas, pero no lo soltaba. Hasta que lo soltó y pude ver que el ave estaba viva, asustadísima. Me miraba a los ojos, con sus ojos de pájaro Omar que eran mi reflejo. Tenía la cola casi desprendida, le colgaba por un hilo rojo, le salía un poquito de líquido transparente. Y me miraba. Yo qué mierda podía hacer…) y me responde, como siempre, mirando al cielo antes de empezar a hablar. Mira al cielo como buscando algo, es un gesto un tanto estúpido, enternecedor. Y mientras habla arquea las cejas como si lo que dijese la sorprendiera y por último me mira insegura, indefensa, como con la culpa de todo el desastre (-está bien, los pájaros mueren, los gatos se los comen: punto. Qué gatos hijos de puta… no se dan cuenta, me imagino, de lo que destruyen. Se ven tan lindos en los cables…). Y ahí estaban los tres, asquerosamente simétricos, y el cielo azul detrás los convertía en tres insoportables agujeros negros, que nos absorbían y nos enterraban en nuestro propio iris, su canto nos cortaba las manos y nos enmudecía hasta el hartazgo. Y uno voló. Después el otro. Más tarde el tercero. Los olvidamos cuando ella empezó de nuevo con las preguntas que yo no quería escuchar ni responder. Que respondí sin decir nada. Palabras como gotas de silencio en el silencio, como leí por ahí… aunque no tenga nada que ver, porque nada tiene que ver con nada. Toda expresión humana es un enorme grito de desesperación, el mensaje de la botella y el mar. El mar enorme, la distancia entre cada persona, aunque esté en tu casa, con vos, en vos, hay un mar enorme y peligrosísimo, que nos separa, que nos resguarda y nos asfixia también. Por eso nadamos interminablemente hasta llegar hasta el otro. Y creemos llegar, pero llegar no es el amor o el sexo. Llegar no es entender o saber, la verdad, no sé cómo llegar.

viernes 6 de noviembre de 2009

poetas son los que callan

Están todos diseminados. El otro no se enteró nunca, las formas. Deseando, sentado en este árbol, los árboles caídos, la tormenta de anteayer.
La tormenta de anteayer, otras planicies.
La forma de las manos, migas de pan. Descripción ignorada. Siendo de nada.
Un mensaje de texto, llegando, escurriéndose. Escribiendo en tu mano, en vos, es voz.
Son las voces de cromo.
Estudiá, estudiá, dale que sos tan chiquita. Y los locos, todos los locos, están todos diseminados, por las venas, por las calles en las venas, en las hojas secas, secándose al sol, quemándose en el sol, derretiste por el mar, sobre las cosas, fiel a tu instinto. Cuando quien antes te amaba, quien te escuchaba, las manos acunándote, olvidaron. Y el otro, el otro nunca se enteró. Siendo de poco, deseando los árboles, allá donde los árboles están en el piso, en el mar, son barcos de mar en el ombligo de tu ex novio, en el sexo que se regalaban en el pasto, en el patio de la casa, el pasto en la espalda. Los vecinos. Pica la espalda.
Ahora está tan lejos… dale, no me escuches, Estudiá. Ahora están tan lejos. Sé que todavía querés su él, todo su él. ¿Apagó la música? De todo lo que esperaste (en ese invierno) fue lo que perdiste los más hermosos, y cuando lo perdiste, caminaste sola por todo el barrio esperando cruzártelo, y yo esperándote, pintando en mi casa. Vos caminabas y lo buscabas.
Entre las idas y vueltas de las relaciones, dentro de todo, ahora estás demasiado callada. Bueno, sé que estás estudiando, dejame que te explique. Los barcos perdidos, los mares, partes del cuerpo, salas blancas, choques automovilísticos.
La gente muriéndose, mientras laburan y escabian, la gente muriendo alrededor del cajón, donde se guarda y se pudre el cadáver aboyado. El recuerdo aboyado. ¿Vos te acordás de él? –te picaba la espalda, seguro, en el pasto- yo siempre me acuerdo de él, no te veo más llorando. Quiero que dejes de estudiar. No me mires, sí, sonreí. Estudiá. Tus pies son tan blancos, mirá tus uñitas. Barcos ebrios, ebrios. Te muerdo el pie. Entiendo que…
-¿Qué pensás?
-¿eh? Nada, vos estudiá.

martes 3 de noviembre de 2009

dadá

“ico ico caballito
Vamos a Belén
Que mañana hay fiesta
Y pasado también”
(Canción popular.)



-me habían regalado un tutú. Era navidad y todos gritaban, mis tíos estaban ya en pedo. En la casa de la abuela siempre se hacían las fiestas, esas fiestas que después se transformaban en las peleas, los insultos y los vasos rotos… pero antes de los quilombos eran realmente lindas, eran divertidas.
-¿de qué me estás hablando?
-no me interrumpas, no voy a titularlo, vos escuchame:
Tenía 6 o siete años, y soñaba en ser una bailarina (aunque si lo era). Me habían regalado un tutú rosa y me fui al patio de atrás a jugar sola. Sentí la tierra fría, corrí las piedras para no tropezarme. Ahora siento esa humedad.
- Nunca me hablaste de la casa de tu abuela.
-Mi abuelo se había muerto hacía poco, entonces todos los viejos del barrio, sus amigos (o los tipos con los que escabiaba), estaban en la fiesta, ellos prepararon el asado, ellos acompañaban a mi abuela. Pero uno solo estaba atrás, mirando las cenizas, creo. Yo lo ignoré, siempre esa casa estaba llena de desconocidos (tíos, sobrinos, viejos y viejas tristes). Y lo vi sonreírme y se sentó en una silla vieja, de mimbre. También le sonreí (es increíble como se me aparecen nuevas imágenes, como todo me destruye un poquito más). Le sonreí, porque yo antes de ser esto era una nena bailarina
-lo seguís siendo, pero más filosa.
-te dije que no me interrumpas.
Me llamó y me preguntó mi nombre. “Ana”, le respondía con una sonrisa enorme y empecé a cantar una canción, yo escuchaba Silvio Rodríguez y me encantaba, no lo entendía, pero me encantaba.”Que lindo nombre que tenés, Ana.” Amablemente siguió,”qué lindo te queda el tutú, vos sos hermosa ¿a ver cómo bailas?”. Y yo contenta bailaba y cantaba, saltaba. No sé por qué estaba todo tan silencioso, como nadie respiraba. Me acuerdo del grito de los grillos…

Y ahí Ana se quedó en silencio, con la mirada fija en las manos de Omar, que la sostenían de vidrio, resquebrajándose.

-¿Entonces?
-No quiero acordarme… Entonces me volvió a hablar. A veces me acuerdo de su voz. Como el otro día que lloraba en el bondi, ¿te acordás?
-si.
-bueno, “-vení, sentate acá” me dijo golpeándose el regazo. Viejo hijo de puta. “-no” le dije moviendo la cabeza. “-tu abuelo me dijo que quiere que te sientes acá
-yo no tengo abuelo. Está muerto.
-ya sé, pero él era mi amigo, y me habla por teléfono. Y él quiere que te sientes encima mío.”
- eh…

Omar estuvo por decir algo, pero calló. Apagó el cigarrillo con violencia en el cenicero. Ana siguió hablando como recobrando fuerza, y apoyó la espalda en el respaldo de la silla, abandonó las manos de Omar.

“-¿En serio, él habla con vos?
-así es.”
-Y me senté. De espaldas. Y con la rodilla me hacía saltar, apoyó la pera en mi hombro y empezó a cantar una canción. No me acuerdo qué canción era, pero sé que mi mamá también me cantaba lo mismo, cuando me sentaba en su regazo y jugábamos.
-viejo del orto.
-me sentía muy incómoda. Sabía que había algo que no estaba bien.
-eras muy chiquita.
-y abrió las piernas y me caí lentamente. Él dejó de cantar. Abrió las piernas y me caí, y sentí su pija dura desde el culo hasta la nuca. Caí lentamente y apoyé la cola en la tierra fría. Ahí me dí vuelta asustadísima.
“-me tengo que ir, me llama mi mamá” mentí. Y miré la puerta de atrás entreabierta, esperando que llegue alguien, esperando que llegue alguien a salvarme. Y la puerta de mierda no se abría, y no salía nadie y yo no respiraba. En ese segundo me dí cuenta de que estaba totalmente indefensa, quería a mi mamá. Quise gritar, pero estaba helada.
Entonces el viejo me acercó la cara horrible, casi que me tocaba la nariz con la punta de la suya, yo estaba entre sus piernas. Quemándome con su aliento a vino tinto y a olor a chivo me dijo:
“-tu abuelo quiere que me des un beso.
-no quiero
-tu abuelo se va a enojar, y si no me das un beso, me va a decir que te haga cosas feas. Y yo no quiero, vos tampoco querés, ¿no?”

El vino tinto y la transpiración se incrustaron en el rostro de Ana. Otra vez ese asco y ese miedo florecieron sobre su pecho, o desde su pecho, rompiéndole la caja toráxica y desarmándola en llantos. Empezó a gritar. Después cayó, le costaba respirar. Omar la abrazó. Y permanecieron en silencio lo que se podría describir como un rato largo, un pequeño invierno, un pequeño infierno. Pero era un infierno que se apagaba un poquito más mientras más fuerte se abrazaban. Y cuando el incendio fue casi extinto, las palabras se empezaron a escuchar. Y la habitación desbordaba de humanidad, de debilidad y de flores.
-seguí contándome.
-no quiero. No quiero que todo esto haya sido.
-tenés que contarme. ¿Qué te hizo el viejo?
-yo miraba la puerta, y una gota de traspiración que bajaba de su nariz me cayó en los labios. Yo miraba la puerta, y nadie aparecía. Él me decía más cosas, no me acuerdo, no quería escucharlo. Entonces me gritó y me apretó la cabeza con las piernas. No me había dado cuenta, pero hace rato estaba llorando a los gritos y tenía la mano del tipo entre mis piernas. Yo miraba la puerta.
-qué paso Anita…
-Se abrió la puerta, era mi papá que me estaba buscando. Y le empezó a pegar al viejo, y me empujaron y vi todo desde el piso. La tierra fría, la sangre, los gritos, la policía, la gente gritando.
Nunca se va a borrar, la mancha de sangre que llevo en mi tutú rosa.

viernes 30 de octubre de 2009

durmiendo en la nieve de Ana

Lo cristalino de la pobreza

La pesadez de existir

Y los pozos de los nervios

Los pozos plateados sintieron

La pesadez de existir

Y los pozos de los nervios

Los pozos plateados sintieron

La pesadez de existir

Y los pozos de los nervios

Los pozos plateados sintieron

La pesadez de existir.

No estaba preparado como para llegar, para volverte a ver, para sentir tu rostro frío, tu nieve alba. Las cosas no son tan fáciles como pronunciarlas. Todavía no estoy preparado. Entonces, del bondi me bajé un par de cuadras antes y necesité caminar por el calor gris de la calle, en el aire ondeado. Cuando hace tanto calor las cosas pesan más, lo amargo pesa más, los pensamientos, nudos en la garganta. Caminé escuchando mi voz, poemas que me recito con los ojos entreabiertos, con la cabeza en la nuca y la vista ciega al sol. El esfuerzo de caminar y dentro mío el corazón de a poquito me maltraba, me gritaba. Así, cada cuadra fue la velocidad, pasaban las casas de verjas verdes, edificios altos, mi centro aceleraba. Yo dentro de la celeridad de las cosas, yo dentro de la velocidad y mi nerviosismo.
¿Cuántos años, dos, tres? No importan, ahora -en ese momento, caminando- te recuerdo con cada peinado, con cada vestido coagulo discreto, tus labios violetas en el frío, temblando. La televisión y Alf, el sillón, mis pies. Bill Evans, la mañana verde, poemas enormes y los días en Calzada.
Lomaz, Banfield: nosotros en los trenes.
Qué ganas de no ser, que ganas de no extrañar a nadie y ahora caminando hacia donde escapo: palabras y recuerdos nombrados, citados ya hasta el cansancio. Pero ahí las imágenes estaban por coincidir con mis recuerdos. Ahora te veo parada (y también acá escribiendo), sentada fumando, de cuclillas fumando, esperándome.
Llegué transpirando, y vos también transpirabas, sonreíste vergonzosa y feliz, y tan linda, tan linda como siempre, el viento acariciando tu cuerpo, lánguidos tus brazos. Y vi tu lunar azucarado, ese que había olvidado o se me había perdido sobre tu cuello o entre mis labios.
Nos reímos un par de horas y cuando el sol fue tan grande que del calor solo quedó el recuerdo, caminamos hasta donde fue de noche y compramos algunas cosas inservibles, mucho antes de que te acompañe hasta la parada del bondi. Pero te quisiste ir en tren, como en esos días en que nos tomábamos de la mano y terminábamos en tu casa abrigados de nada y con la piel prendida fuego, con mi cara sumergida en tu nieve, duermiendo el peso de mis ojos hasta derretirla.
La verdad no sé en que estaba pensando cuando te quise volver a ver, cuando empecé a escribirte texto que nunca ibas a leer

miércoles 28 de octubre de 2009

claroscuro II

sí, el lugar está lo suficientemente obscuro como para que no te veas. Pero claro, tenés que sobresalir y vos, enorme hermosa frágil, te levantas y hacés lo imposible para llamar la atención. Y hasta la banda te nombra y todos te aplauden, clap clap clap, qué contenta estás y qué feliz que sos, me mirás esperando una respuesta y no puedo esconder cuanto te admiro y cuanto me sorpredés.
Volvés a la mesa, agitadisima, esperás que te diga eso que siempre te sorprende y no digo nada. Y te soprendés igual, porque es la primera vez que no te digo nada, y termino haciendo lo que hago siempre tan bien,y me gano un beso con sabor a cerveza y a adrenalina. Pero yo contento y callado. Nunca estoy callado.
Vos desperdiciando tanta inteligencia estudiando lo que estudiás y tomando bebidas blancas, bailando reguetón transpirando entre desconocidos.
No importa, ya todos te miraron y ya estás contenta: ahora a hacer tu vida. Discutimos sobre un montón de cosas estúpidas y me declamaste un poema de Alfonsina Storni que no sabías yo te lo había enseñado. No te lo dije porque ya tenías los ojos chiquititos de tomar y no valía la pena interrumpirte, porque lo hacías tan bien, tan insoportablemente bien. Yo esperaba que cometas un error enorme, para poder escaparme de vos con una buena excusa, pero era imposible, te paraste y repetiste el poema. Sonreí tan pequeño, tan indefenso.
Después me puse a hablar con una mina, esperando que grites o esperando que te vayas y golpees la puerta al salir. Que camines mucho, porque el 506 a esa hora no pasa, o que te tomés un remis y te cobre caro,que te secuestren o que te pierdan, así nunca más poder encontrarte, nunca más admirarte. Pero no, viniste sonriente y con cara de hija de puta cuando levantaste la mano y, poeta entre poetas, me tapaste los ojos diciendome sin gritar, con mi voz preferida
-no mires.
se fue la mina y vos también. Pero no de la mesa, sino de mis ojos que te buscaban, tus párpados violetas eran paredes enormes ante mi urgencia, ante mi culpa.

(...)

sábado 24 de octubre de 2009

Barrio muerto

Caíste otra vez. Si, era igual que en mis recuerdos. El sol ya no es el dios. Todas las gravedades fueron aclamadas.
No voy a hablar de su olor .No voy a hablar de sus bellos, profundos e infinitos grises. No voy a hablar de tu recuerdo. Voy a hablar de nuestros soles, nuestros silencios y nuestros cambios. Voy a hablar de nuestras miradas y distancias
No de la lluvia, si no de quien la recibe, quién la huele, quién me habla, quién me mira.
Y habla, habla…Solo usa palabras hermosas. Escucha las risas ajenas. Me explica pasados, ilusiones, frustraciones, sueños y viajes oníricos. Explosiones orales, mudos llantos. Su belleza, sonrisas. Visiones de tipo rudimental.
Y así como caía la lluvia los autos flotaban y el asfalto brillaba. Era todo por observar y el silencio la palabra más cálida, la respiración ruidosa poesía distraída, palabra filosa.
Tirados, enfermos, vivimos o tratamos de vivir. Pero siempre duele, todo lastima.
Ayer nos morimos juntos. Juntos abrazados y en silencio mirábamos las bolsas de basura que se enredaban en los cables de alta tensión, que bailaban junto al viento y se rompían desaparecían y se enterraban en las zanjas, en la obscuridad de la medianoche y en el silencio del barrio muerto. Latidos disonantes y su piel, que es tan poca, es tanto para mi y es tan poca… cuanto frío y qué desabrigada estás. Cuanta noche y qué solos estamos, en nuestra inmensidad, en el miedo.

lunes 19 de octubre de 2009

alarmas

como destruídas de tanta sed

ambulancias

y todo el griterío de
la calle
cortada

por el cuerpo


tirado ahí